Maldivas
Enrique Zabala. A la vista de todos, para que nadie lo vea.
La miseria puede marginarse, pero ya no cabe hacer lo mismo con los peligros en la era de la tecnología nuclear, química y genética. Es ahí donde estriba la fuerza política, peculiar y novedosa, de estas amenazas. Su poder es el poder de la amenaza que elimina todas la zonas de protección y todas las diferencias sociales dentro de y entre estados-nación [I]. Pero, por otra parte, hay países, sectores y empresas que se benefician de la producción de riesgo. Hay también ciudades y entornos que encuentran en su propio enclave geográfico una situación de peligro, son espacios creados artificialmente por el hombre con la voluntad de hacer posible una experiencia sui generis de paraíso terrenal, aunque más allá de sus límites sólo nos espera la muerte. Son lugares donde las aristas han sido convenientemente acolchadas, como medida preventiva para evitar al individuo, en su status de turista, la tentación de pensar.
La posición individual y colectiva ante los aspectos múltiples de la realidad se ha transformado hasta el punto de resultar, en suma, contrarios al punto de partida de muchas de las bases de pensamiento que permitieron instaurar los modelos democráticos. Actualmente, cuando el trabajador se ve sometido a un gran estrés laboral (la “explotación” antes), no se alista en un comité antisistema, toma ansiolíticos. Cuando el empleado no soporta más sus condiciones de trabajo no acude a los sindicatos, va al médico[II]. Cuando las cosas se presentan mal no es necesario darle más vueltas: se recurre a las “píldoras de la felicidad” o, si la economía se lo permite, se escapa a un resort donde olvidar hasta el nombre.
Enrique Zabala (Valencia, 1967) recoge en su obra, como pocos, ese estado de alienación de la sociedad contemporánea. En su línea de trabajo predomina la sutileza con la que golpea las consciencias acomodadas. No es un artista que recurra a la denuncia grandilocuente, en su obra se visibiliza sólo la punta del iceberg mientras el relato involuntario queda flotando en la densa atmósfera de su pintura, a la espera de una mirada más aguda. Por eso puede, en un primer momento, resultar desconcertante. El artista se convierte voluntariamente en máquina, busca anular sus filtros de opinión ante la escena que presenta al espectador, negando cualquier gesto propio en un ejercicio que se vale del fotorealismo como método de representación. Ya en su anterior trabajo nos mostraba, también en la Galería Rosa Santos de Valencia, la particular relación del individuo con el entorno de artificialidad de la ciudad de Las Vegas y el particular rol de no-persona adoptado casi sistemáticamente por sus visitantes.
En esta ocasión, Enrique Zabala, como siguiente eslabón en la interesante investigación artística que está llevando a cabo, nos traslada la experiencia de un lujoso complejo turístico en Rangali, en las Islas Maldivas. La belleza del paisaje se convierte en una imagen de postal, que podría encontrarse en cualquier folleto destinado a su divulgación masiva para atraer turismo, sin embargo, esos entornos son otra cosa sobre los lienzos de Zabala. Lo que cuenta es lo que no se ve, y no porque a su pintura le falte definición, el artista no ha buscado comunicar sus emociones íntimas ni su propio estado vital, busca que el espectador se enfrente a sí mismo, desmontando la débil pantomima en la que todos somos heroicos aventureros de una realidad domesticada.
Decía Georg Simmel, hacia 1950, que la esencia de la actitud displicente surge de un embotamiento de la capacidad de discriminar. Esto no significa que las cosas no sean percibidas, sino que su significado y su valor diverso son experimentados como insustanciales. La persona displicente las percibe igualmente grises y planas, nada merece una atención preferencial. Todas las cosas flotan con igual peso específico en el flujo de un constante río de dinero. Parte de ese reflejo parece haber quedado grabado en los rostros de los personajes captados por Zabala, gestos que se traducen en la ausencia de toda emoción, en una experiencia metálica, dentro de un lugar fortificado donde el individuo desea formar parte del espejismo.
No sólo el avestruz esconde la cabeza.
Jose Luís Pérez Pont
[I] Beck, Ulrich. La sociedad del riesgo global. Siglo XXI, Madrid, 2006.
[II] Verdú, Vicente. El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción. Anagrama, Barcelona, 2003.
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